miércoles, 11 de abril de 2018

Despedida


Con el permiso de vuestro corazón, me retiro. Nos veremos en el futuro o en nuestro pasado, como a usted le plazca. Le dedico con vaguedad y premura este mal logrado texto como una forma poco elegante de despedida. Salude a sus labios de mi parte y dígales que su néctar se queda conmigo, aunque su dulzor ahora me queme. Dígale a sus manos que fue un placer estrecharlas, que jamás hubo palomas más perfectas y suaves. A sus odios dígales que recuerden mis palabras, pues más sinceras y con más amor jamás podrán escuchar en su vida. Y dígale a su corazón, a ese ente palpitante de sangre y vida, que de nuevo estoy escribiendo, que de nuevo mi mente tiene algo qué decir, aunque por el momento sólo supura hiel. No la culpo, lo supe desde un inicio, pero eso siempre me pasa cuando dejo que el corazón guíe mi vida, cuando esta mente áspera y reseca es la que debería tomar el timón del barco. La amo mucho, como la amé desde siempre.

martes, 4 de abril de 2017

Textos sueltos (69)

Deja que se miren, se palpen y reconozcan. Deja que jueguen juntos a descubrirse uno al otro. Que sus salivas se toquen, choquen y estallen. La distancia ha sido mucha. La espera, desgastante. No lo frenes ni lo impidas. Sabías que un día se encontrarían y se harían pedazos. Sabíamos, quizá en lo más hondo de nosotros, que todas las veces que estuvieron con alguien más sólo los preparó para encontrarse hoy, húmedos y palpitantes, uno dentro del otro. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Táctica lúdica

Culminar una obra con lógica y armonía, bañada con sabiduría y curtida bajo las normas apropiadas, sin lugar a dudas fatiga al autor, lo agota, lo calcina.

Utilizar una táctica osada dificultaría dicha labor y podría trastornar al dramaturgo, lo lanzaría a un abismo oscuro y sin fondo, incluso lograría trastocarlo y así abandonaría la loca convicción con la cual inició la narración.

Montar sin pánico una vicisitud así haría claudicar a la mayoría, los haría huir y tiritar. Sólo un húsar capaz, bravo y osado lograría consumar dicha labor.

Con calma y tranquilidad, dicho húsar plantará y bañará con convicción un diminuto grano forrado con ilusión y optimismo hasta dar a luz un fruto lozano y único. Sólo así saldrá victorioso, sólo así aniquilará sus fallas, sólo así avanzará por insólitos caminos con más sabiduría.

Un autor nacido húsar surcará sin pavor un vasto mar tapizado con hojas blancas. Iniciará su labor sin apuro, calmo, frío. Soportará la vacilación y la duda, domará a las palabras y jamás otorgará a sus fantasmas una garra mayor a la suya.

Los dramaturgos arbolan una sola consigna: blandir la pluma para trastocar las almas y así cambiar al mundo poco a poco. Como hábil taumaturgo, da forma a mundos, vidas y criaturas fantásticas usando sólo sus palabras.

Domina lo arcano y lo profano, lo vulgar y lo divino. Al alma sumisa, la aviva; a la indómita, la apacigua.

Un húsar trabaja con ahínco, sin pausa, para forjar sílaba a sílaba, palabra por palabra, una obra inmortal.


¿Labor difícil? Sin duda, ¿complicada? muchísimo, quizá tanto o más como armar una columna sin utilizar la vocal e.

martes, 14 de febrero de 2017

Textos sueltos (7)

Hoy busqué aquel poema que te escribí a media noche, casi dormido y a obscuras, pero no lo encontré... quizá sólo fue una pesadilla...

miércoles, 28 de septiembre de 2016

No puedes regresar a casa*

Aunque te duela, aunque lo anheles con todas las fuerzas de tu alma, no puedes regresar a casa. El camino que iniciaste no tiene retorno, y aunque la vida te devuelva al punto de inicio, tú ya no serás el mismo, todo aquello que conociste habrá cambiado.

Los lugares que una vez amaste se irán diluyendo con el paso del tiempo y no volverán. Las personas que te amaron se quedarán abrazadas a tu recuerdo, pero aquellos momentos que las convirtieron en seres únicos se desgastarán.

No puedes regresar a casa porque su lugar será ocupado por una estructura increíblemente parecida al hogar en el que creciste. Tu cama ya no será tu cama, será un estrecho colchón para pasar la noche y tus libros se convertirán en un montón de retazos de papel que dieron vida a la precaria maquinaria de tus ideas.

Las palabras vertidas sobre el papel en noches de insomnio ahora serán sosas y ridículas. Quemarás la esperanza del amor idílico a fuego lento y lo avivarás a ratos arrojando trozos de recuerdos que compartiste con ella, hasta que las llamas de la racionalidad la consuman por completo.

Verás con tristeza que tus amigos ya nos aquellos con los que creciste, amaste, perdiste y ganaste. El sol calentará de forma diferente, la lluvia será fría y ruidosa. Tu viejo amor de la escuela caminará de la mano con su hijo, pero ya no pensarás que pudiste ser tú su padre. El sonido de las aves será como el de cualquier lugar. Ya no será más tu hogar.

Caminarás por la calle y verás a las personas que nunca dejaron el barrio y pensarás en todo lo que se han perdido. Andarás por la acera no con un sentimiento de superioridad, sino con un sincero agradecimiento, le darás gracias al destino por dejarte caer y soñar entre aquellos caminos de asfalto.


*Texto inspirado en You can't go home again, de Thomas Wolfe

martes, 15 de septiembre de 2015

Diario de un neurótico (Día 65):

Para conmemorar nuestro aniversario la azoté contra el sillón, le recordé lo insípida que era su comida y lo pésima que era en la cama. La tomé por el cabello, clavé mi rodilla en su vientre, luego mi codo en su arqueado espinazo. La giré para que mis ojos pudieran mancillaran los suyos; los contemplé pálidos y acuosos y no pude resistirme a estrellarle cinco bofetadas, una por cada año que habíamos pasado juntos… lo sé, soy un romántico.

sábado, 25 de enero de 2014

Un ejercicio que hicimos en lenguaje cinematográfico. todo lo escribí de corrido, por eso no está pulido ni nada

Un niño marcha por la calle de algún viejo y sucio barrio. Sólo lleva botas negras. El compás de sus manos es fuerte, alargado. No lleva camisa pero sí un sucio pantalón.
Aves negras y gigantes vuelan sobre el cielo azul y ennegrecen el horizonte.
Ve a lo lejos una flor, es hermosa, amarilla. Se acerca, la toca y la marchita. La faz del niño cambia y se ve a un cerdo de grandes colmillos que se ríe estrepitosamente.
Niños llegan a la calle y se ponen a jugar. El niño de las botas negras llega y rompe todo. Implanta sus ideas, sus juegos. Ahora todos llevan botas negras, nadie usa camisa, el caos crece, las flores mueren.
Centenares de aves negras cubren el cielo y la penumbra total llega.
Todo es obscuridad. Ceguera total. Una chispa crece lentamente, luce lejos y sutil. Ahora son dos. Con su brillo se ven 2 filas inmensas de colmillos. La luz de las chispas se tornan en un rojo fuerte, carmesí.
Se apagan.
La luz vuelve poco a poco, ahora todo luce en tonos grisáceos. Murmullos, cantos, destellos.
Un torero aparece en escena, con un traje azul vocifera cantos ininteligibles, una sierra cercena su cabeza y la voz se convierte en chorros de sangre.
Un ángel de alas negras juguetea con el agonizante torero, éste se desploma.
Un ángel blanco se acerca, ambos ángeles danzan tratando de conquistar el alma de aquél que ahora ha muerto.
hay empujones, una riña, se avalanchan sobre el cadáver.
Más destellos, confusión, todo es confuso. Ambos ángeles han arrancado considerables partes uno del otro.
Las garras del negro son firmes, mortales. Las del blanco son pequeñas pero con un gran poder.
Ambos, ya sin fuerzas, caen al suelo. El torero despierta, clama por un alivio para su dolor y desdice ir al lado obscuro.
Negrura... triste negrura...
Ahí está el niño de las botas negras de nuevo, ya ha crecido; luce fuerte y altivo.
Se mueve sobre el escenario, parece bailar, pero sólo trata de cautivar al espectador. Sus ojos, ahora rojos, dejan ver gran maldad.
Saca una máquina del suelo, la muestra al público. Ríe, codicia en sus ojos refleja. De la máquina salen ovejas, multitudes de ovejas. Las últimas más deformes que las primeras. Al final sólo sale carne molida, podredumbre.
Silencio...
Murciélagos cubren el lugar, revolotean, se devoran entre ellos...
Silencio...
Abre telón. Sobre una rueda de tractor un hombre rasga una vieja guitarra. Sus ojos está volteados, nada más que blancura los cubre. Pequeñas serpientes son las cuerdas, un pequeño pie de niño la guitarra.
La lluvia disuelve todo, alacranes cubren el suelo. Sus ojos negros y sus colas alertas aterran a todos.
Una mano comienza a romper la página donde todo lo anterior estaba dibujado.
Manos comienzan a rasgar el lienzo, sus dedos ensangrentados y vestigios de uñas lo mojan.
El niño de las botas negras ahora es un adulto de edad madura. Lleva una camisa negra y un pantalón de acuerdo con sus botas.
A paso mal trecho se muestra airoso.

miércoles, 10 de julio de 2013

Catoptrofobia

Nunca me he caracterizado por la magnificencia de mis letras, ni mucho menos por la fluidez de mis palabras. Pero creo necesario recurrir al arte que mis padres no me heredaron para que mi discurso no sea tomado como simple delirio, como yerma narrativa o como una insolencia mental. Mi historia, más que todas las historias del mundo, es real.

Mi vida nunca ha girado alrededor de mucha gente. Prefiero la soledad de mis ideas y libros, a la áspera compañía de aquellos personajes que se hacen llamar a sí mismos familia. Bajo esta premisa recorro las viejas bibliotecas en busca de algo que mengüe mis días de inmisericorde soledad.

Aquella tarde volví a casa con un par de reliquias que, por diversas circunstancias, no me había sido posible adquirir con anterioridad: “El crepúsculo de los ídolos”, de Friedrich Nietzsche, y “La filosofía del tocador”, del Marqués de Sade. Ambos, empastados con cuero, vomitaban (ya sea en alemán o en francés, respectivamente) verdades que el mundo se ha atrevido a llamar herejías. Acerque mi lánguida faz y pude respirar el suave aroma a vejez y a insurrección de aquellos libros que, ante la vista de cualquier coleccionista de buen renombre, me atrevería a decir que fueron una ganga.

Fuera de mi casa, el viento arrancaba con furia las hojas del sauce vecino, cuya sombra enflaquecía con la caída del sol. En la alfombra de la sala, la sombra enrojecida que se proyectaba a través de la ventana hacia lucir al torturado árbol como la zarza ardiente que se le mostro a Moisés en tiempos bíblicos. Irónicamente, iluminaba al mismo tiempo al carcomido libro del Marqués que estaba en la pequeña mesa de centro, y lo mostraba como una imagen símil de aquella zarza divina. Esbocé una risa burlona y me dije: -Moisés tuvo su Dios, yo tengo el mío-. Tome el texto, mi empolvado diccionario de francés y me postre en el sofá.

Con religiosidad fingida abrí el libro: “A los libertinos de cualquier edad y sexo, y de todas las aficiones, a ustedes dedico esta obra”; así reza la dedicatoria. Cada palabra y oración generaban un estupor dentro de mí. El mismo estupor que se produce cuando alguien pone fin a un paradigma largamente razonado, pero nunca resuelto.

Arrebatado por las líneas de mi nueva biblia, ignoraba a la noche que hace largo rato había apagado el sauce de la sala. Fue hasta la pagina treinta que mi cansada vista me reclamó la luminosidad que requiere para tan bello acto. Así que me levante y me dirigí al sótano por el candelabro. Atravesé el umbral de la sala y a tientas crucé el largo pasillo (que conecta a mi cuarto con la cocina y el sótano), basándome en la fría superficie del espejo que adornaba el solitario corredor, y cuyo lado está libre de obstáculo alguno. Ya librado el laberinto ciego, me hundí en las escaleras. Forzando a la memoria y a mi agilidad, di con mi objetivo. Saqué unos fósforos del bolsillo de mi saco, encendí las velas y emprendí el viaje de vuelta a mi altar profano.

Queda claro que hasta este punto de mi relato no se ha hablado de otra cosa más que de circunstancias superfluas. Pero siempre he tenido la fiel convicción de que una historia sin contexto pierde totalmente el significado primero y esencial. Y de antemano les he dicho que el arte narrativo es algo que de ninguna manera pretendo alcanzar. Este escrito es, más que una historia, un exorcismo personal y mental. Nietzsche dijo alguna vez: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”. A mi parecer, a estas alturas ya no espero nada ni a nadie. Ni al Dios en quien nunca creí, ni a su antítesis que ronda hoy más que nunca nuestros pasos. Clarificadas las dudas, permítanme pues, terminar mi relato.

Las sombras garabateadas por las velas, danzaban amorfas por la pared y la escalera. Eran figuras grotescas que se escurrían por cada rincón del sótano con forme escalaba cada peldaño a mi regreso. Llegué al último escalón y mire al frente: En inmenso abismo se había convertido el angosto pasillo. Las paredes perdieron su estructura y las llamas que portaba en la mano hacían de aquella negrura un torbellino de claroscuros. Intenté ignorar el sentimiento primero que arañó mi espalda. Hace tanto que no sentía un miedo así. Nunca antes, en todas mis noches de lecturas sacrílegas, la obscuridad me pareció tan sombría.

Con la firme certeza de la nula existencia de una fuerza divina, y con esto una negación automática de su contraparte, di el primer paso. El piso de madera crujía como si llevara el peso de diez hombres a cuestas. Con forme avanzaba, las sombras se volvían más largas y atemorizantes. Me sentía como Alicia cayendo por el agujero del conejo.

De repente, un extraño cansancio llenó mi ser e impidió que continuara. Me percate de que estaba próximo a mí el gran espejo traído por mi abuelo de España. Con marco de oro y figuras góticas, fue confinado por treinta años al solitario sótano junto a otras baratijas familiares. Ahí se mantuvo cubierto por gruesas telas y una leyenda en hebreo que decía: “Los espejos son hielo que no se derrite: los que se derriten son los que se admiran en ellos”. Pero cuando llegué a aquella casona todo cambió: El cuadro de mi abuela fue reemplazado por este gigante de cristal con aire medieval.

Su marco a la luz de las velas era exquisito. El candelabro le daba un fulgor místico y resaltaban las viñetas pintadas en los extremos del cristal que apenas tocaban el recuadro. Aproximé mi dedo índice, y al tocar su superficie sentí algo raro: Su duro vidrio se palpaba suave, como si se tratara de una cubierta de piel con pequeñas grietas. Me acerqué un poco más para despejar mi perplejidad: Fue el segundo indicio. El destello de mis ojos, avivado por el fuego y reflejado en el cristal, me hiso retroceder. Era como si hubiera en ellos más vida que la que nunca tendré. De pie, frente al espejo, lo miraba petrificado, como buscando una respuesta inteligible a tan espantosa escena.

-¿Él me mira o yo lo miro?-, pensé. -¿Es acaso ese otro yo mismo? No lo parece. Mis entrañas palpitan de pavor; él, sin embargo, se muestra altivo y confiado, sus comisuras dejan ver una apenas perceptible sonrisa burlona.

El viento que seguía golpeando inmisericorde al viejo sauce vecino le arranco una rama que se estrelló en mi ventana. Una tormenta de papeles, hojas e incertidumbre golpeó la casa entera. Las llamas que guiaban mi vista se extinguieron súbitamente, pero no así se apagaron los chispeantes ojos que todavía seguían observándome. Bajé la vista (acto meramente guiado por la fuerza de la costumbre) para buscar los fósforos de mi saco. Los saqué y con desesperación intenté encender las velas. Lo logré. Miré al frente y el gran espejo estaba vacío. Un suave aliento me acarició el hombro. Sin voltear, de reojo, vi a aquel, al otro, de pié a mi lado. Me miró con sus chispeantes ojos, puso su mano en mi hombro y apagó la vela.

jueves, 23 de mayo de 2013

Cómo quitarse el bloqueo de escritor o cómo un ejercicio no salió tan mal

Ejercitarse por sí mismo es un acto de mera repetición "sin sentido", no hay otro fin que el de repetir sin cesar una acción hasta que de una manera inconsciente, sin pensar dos veces en qué se quiere hacer.

Al escribir pasa algo más o menos parecido. Alguna vez leí un texto sobre el bloqueo del escritor. En un texto relativamente corto y ameno, el creador del texto nos decía en tono un poco irónico: ¿Alguna vez se ha despertado sin poder hablar? ¿Sin tener nada qué decir? Seguramente no, todos las acciones verbales, y de la lengua, las desarrollas de manera inconsciente desde pequeños, una vez que iniciamos a hablar no dejamos de hacerlo, a menos que alguna causa física y/o psicológica ajena a nosotros nos la impida.

Por eso es que uno simplemente no puede dejar de hablar, es un acto que nace con nosotros, somos animales sociales, con la necesidad de y comunicarnos.

El autor del texto hizo una pequeña analogía con el bloqueo del escrito: uno simplemente no puede dejar de escribir si tiene esa constancia o esmero por escribir, así, sin más.

Para ello existen infinidad de ejercicios para soltar las letras del dicho creador de imnóticos textos. Una de ellas, creo que la más sencilla, es simplemente cronometrarnos (si es que se puede permitir describirnos de esta forma). Simplemente se inicia el cronómetro y demos plana libertad a nuestra mente, los dedos e ideas. Se pueden tomar cinco minutos, por ejemplo, para sacar todo lo que de manera inconsciente vive en nuestra subconsciente. Este texto, por ejemplo, nace a partir de dicho calentamiento literario.

El truco, si es que puedo llamarlo así, es comenzar a escribir a contratiempo o con un cierto límite. Una vez iniciado el cronometraje, uno no debe detenerse para nada, sólo se debe escribir hasta que el tiempo termine o nos alcance, cual quiera que sea el caso.

Algo que debe tomarse en cuenta es que no debemos detenernos a reparar el texto ni una vez, se debe escribir sin fijarnos en los errores de ortografía o repetir una idea, la finalidad es sacar absolutamente todo lo que nos muestra la mente embobada en las letras, las teclas, la tinta o el papel, cualquiera que sea tu caso.

Al final puede que no termines con un texto como éste, pero sin lugar a dudas te mostrará un poco de lo que vive en tu mente sin que te hayas dado cuneta.

Para terminar, como haré a continuación, puedes repasar las líneas, quizá pulir un poco y publicarlo, o quizá no, todo depende de tu caso.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Textos sueltos (23)

Bajo este cielo que escupe estrellas evoco la figura del recuerdo que me dejaste, que deambula, naufraga y perdida, por mis rincones sombríos. Palpo tu sonrisa sobre el viento, sobre las crestas de espuma blanca que rodean la orilla de mi soledad, te huelo; humo de tabaco de dulces ayeres que se impregnaron sobre mi frente.

Y heme aquí, que regreso a la oscura penumbra de mi ser infinito y vacío, yermo conjunto de quizás que de a poco forman y conforman este inmenso ser de nada. Constelación de luces muertas que viajan millones de años luz para perderse en el profundo infinito de tus pupilas.

Cual niño jugando ajedrez, mi mano marcó la jugada que me puso en jaque y de la cual no puedo salir; y en lugar de liberarme de la resaca de tus desprecios, me sumerjo y regodeo cual febril cerdo sobre el lodo fresco.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Textos sueltos (18)

Luz, nada, negrura, fe, disciplina, inmadurez, azar, cautivo, plegaria, concupiscencia, marginación, hastío, soledad. Perdón si las palabras antes vertidas no dicen nada, no tienen contexto o lógica. La verdad es que no la tienen, son sólo palabras, no más; y no es locura o desvarío mío, es sólo que nunca pensé que fuera tan difícil no decir nada en una carta. 

Eso es lo que busco: nada; ni reclamos, ni respuestas de media noche, ni una carta diciendo lo estúpido que he sido por escribir estas líneas. Es sólo que a veces hace falta vomitar unas cuantas cosas, tú sabes.

Lo mismo puedo escribir: zorra, puta, desvergonzada; también puedo decir: ángel, pura, amada. No pretendo ni quiero decir nada con estas palabras, mero acto de hastío provocado por la ausencia tuya. No pido nada, ni un hola, ni un recado falsamente puesto a un lado mío, ni sonrisas, ni llanto, ni arrepentimiento, nada.

Nunca pensé que fuera tan difícil no decir nada. Veo a la gente correr de un lado para el otro con chismes que les queman la lengua. Yo, por mi parte, no quiero decir nada; a mi parecer, ya lo he dicho todo.

domingo, 28 de octubre de 2012

Textos sueltos (1):

Te conocí hace mucho tiempo, tanto que ya no recuerdo. Vi tus ojos negros, hermosos y cristalinos, tomaste mi mano y después de andar un rato pregunté: "¿Cuándo te irías?", sin voltear, de reojo y casi entre dientes, contestaste con una suave sonrisa: "pronto". Desde entonces has sido compañera frecuente, incluso musa y cruel consejera. Tienes muchos nombres, te confundes entre varios sentimientos, pero después de mucho hablar al fin llegamos a un acuerdo: tú algún día olvidarás mi nombre, yo mientras tanto te llamaré melancolía

miércoles, 10 de octubre de 2012

Textos sueltos (5):

En el dintel de esta noche obscura,
Silueteo las nubes con mis llagas abiertas,
Sobre el asfalto dejo impregnadas mis huellas,
bajo la noche estrellada mis locuras y penas.

Pocos ya recuerdan mi nombre,
El que todo lo ve por las calles deambula,
A veces con sueño, a veces con hambre
Casi siempre inconsciente, con suavidad se tortura.

Ecos de viejos amores su cabeza taladran,
Lo ha arrastrado el río hasta esta orilla sin playa,
burlones los peces a su oído le cantan:
"Del pasado has huido, pero él nunca calla".

lunes, 1 de octubre de 2012

La fortaleza de Adela, parte II

En ésta segunda entrega, Adela Fernández habla sobre su padre, Emilio “El Indio” Fernández, los recuerdos de infancia, los lados ocultos del cineasta que no se ven a simple vista y el legado que el realizador coahuilense le heredó después de su muerte: Su casa-fuerte, ubicada en Coyoacán, al sur de la ciudad.

EL LEGADO

El recuerdo inolvidable que tengo de mi papá es en Manzanillo, cuando me llevó a conocer el mar. Su mano era muy calientita, muy suave, igual que la de Diego Rivera, él me tenía agarrada, entonces sentí el pánico de ola que parece que te arrastra hacia el mar y la seguridad de su mano; no olvido ese momento, siempre que digo que mi papá no me apoyó o no me entendió, se me viene esa imagen de él.

Mi papá era un personaje impresionante, magnífico, te llenaba el espíritu, te invitaba a la creación, te quitaba lo pendejo, no podías serlo al lado de él, te despabilaba, te hacía pensar, sentir, todo siempre a favor de México, era su obsesión. Muchos años estuvimos sin luz, nos iluminábamos con ocote, velas y demás porque decía que en esta casa no entraría nada que fuera gringo; hasta que un día llegó un amigo y le dijo que Edison era mexicano y que fue adoptado por un matrimonio americano, ‘me lleva’, dijo mi padre, ‘bueno, pongan la luz, ya decía yo que solamente un mexicano pudo haberla inventado’.

Él se sentaba mucho en el ventanal, ponía una mesita debajo de la sombra de una buganvilia, que todavía no ha muerto, y se sentaba en su sillonzote, en otras sillas más pequeñas estaban Juan Rulfo, Revueltas y Mauricio Magdaleno. La gente cree que su lugar favorito era la cantina, pero no era así. En el lugar en el que estaba siempre podía ver dos o tres entradas, siempre muy vigilante.

Siempre fue una amante de la naturaleza, me decía ‘no se debe de vivir ignorando la condición que existe entre la amiba y el astro’; amaba lo pequeño y lo sencillo, pero también tenía unos delirios de grandeza enormes. En él se conjugaban perfectamente los opuestos, lo cual le dio una personalidad infernal porque soportarse a sí mismo era muy difícil, para uno era más sencillo porque el miedo ayudaba mucho.

Después la edad le dio una visión más amplia y querendona con los jóvenes, les quería enseñar pero era terco y necio porque te repetía las cosas miles de veces.

Recuerdo que alguna vez, de las muchas entrevistas que he dado en esta casa, llegó una chamaquita que me preguntó “¿Cuál es la canción favorita de su papá?”, pues “Flor silvestre”, le respondí, después me dijo “¿Y está en su último disco o en el primero?”, la niña creía que estaba entrevistando a la hija de Vicente Fernández, le dije que se viniera a comer todos los días de la semana a la casa y que platicaríamos de cine mexicano. Es mi obligación enseñar en lugar de criticar.

¿Qué es lo que me gustaría cambiar de la relación con mi padre? Que me conociera y conocerlo más, yo nunca supe qué es lo que lo hacía sufrir tan profundamente, siempre digo que fue porque a los 9 años mató al amante de su madre y eso lo marcó, pero no sé si lo digo para justificar todo su feo temperamento.

Lo he dicho antes, pero no vivo bajo la sombra del “Indio”, yo vivo bajo la luz de mi padre, en lo que él estuvo muy acertado yo me agarro

EL FUERTE

Yo le cambié el nombre de casa-fuerte por Fortaleza del “Indio” por dos cosas: por la construcción en el sentido arquitectónico y la fortaleza espiritual de él. Manuel Parra, arquitecto a cargo de la construcción, siempre hacía casas a la medida, necesidades, pensamientos y sensibilidades de sus habitantes; entre el “Indio” y él hicieron la casa-fortaleza. Tiene una circulación increíble, exagerada, la gente se pierde, se siente en un laberinto. Eso, visto desde la arquitectura, es de un paranoico que está pensando que lo van a matar y que busca la manera de huir; yo lo suavicé, dije que era por las novias: por un lado entra la rubia y hay que sacar a la morena por otro para que no se encuentren. Yo veo la grandeza pero también la humildad del “Indio” en esta casa.

Aquí se han filmado muchísimas películas de jóvenes, quizá unas 30, cintas “en forma” alrededor de 20, también se han grabado telenovelas como Corazón salvaje; pero la que más presumimos porque es la que más anécdotas tiene y es toda una sabrosura recordarlo ahora, porque en ese entonces fue un infierno, es Santa sangre, de Alejandro Jodorowsky.

En la casa-fuerte hay una alberca que se tronaba seguido, Diego Rivera le dijo a mi papá que tenía que sacrificar niños, porque en los puentes se sacrifican personas y cuando es pozo o alberca son niños o doncellas, y empezó Diego a contar que el “Indio” tenía aquí sus sacrificios, de ahí viene ese mito. Mi papá distinguía entre mentira y mito, una definición que no corresponde al diccionario, decía ‘las mentiras las inventan los pendejos y los mitos los genios’

La casa es un ser vivo, tiene una fortaleza y una grandeza, tiene miles de problemas pero ella solita los resuelve; llega una obra, una filmación, alguien que te hace la vida agradable. A cada rato estoy constatando cuánto quiere el pueblo a mi papá, oigo constantemente decir ‘él nos enseñó a amar a México, a estar orgullosos si estamos prietos, él nos mostró que todo hijo es la patria’ y todos esos comentarios me ponen la piel chinita y me emociona que trascendiera con esa fuerza. Aunque a veces me pregunto si mi papá me dejó la casa por cariño o por castigo, las obligaciones aquí son fuertes, parece que me la dejó para que le siguiera rindiendo culto.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Textos sueltos (4):

Todavía huelo a ti, a tu ser entre mis dedos, a tu piel, a tus cabellos, al dulce aroma de tu alma entre mi boca, a lujuria, a tus senos, a tu sexo, a tus entrañas, a vísceras y sexo, a sangre, a martirio, a súplicas, a valemadrismo, a recuerdos dolorosos; aún percibo el olor a hierro, a odio, a rencor, a tu esencia escurriéndose por el filo de un cuchillo, a gemidos, a dolor, a venganza...

jueves, 27 de septiembre de 2012

La fortaleza de Adela, parte I

(El siguiente texto es una entrevista que realicé para el periódico en el que trabajo, pero deseo compartirla de manera integra por si llega a sufrir modificaciones debido al espacio. Espero les guste y puedan dejar algún comentario, todos son bien recibidos)



Hablar de Adela Fernández no es cosa fácil, en ella se encierran miles de anécdotas, una gran escritora, una niña con un inmenso amor por su padre y una mujer con un extenso legado sobre sus hombros pero con una sencillez que atrapa. En entrevista, la cuentista, poeta y actriz, habló sobre su vida, su obra y la relación con su padre, Emilio “El Indio” Fernández.
En esta primera entrega, Adela narra en sus palabras quién es como mujer y como escritora, faceta que muchas veces se pierde de vista.

LA MUJER

El misterio más grande del universo para mí soy yo, qué pasa conmigo, por qué se me quedan algunas imágenes de la vida muy grabadas, como la forma de una nube por ejemplo, pero otras no, se me olvidan ¿Por qué comienzo a escribir una cosa y termino haciendo otra? ¿Qué es lo que realmente me está doliendo? Escribo para conocerme y desde luego todavía no lo hago, uno va conociendo fracciones, emociones, sentimientos.

Yo no terminé la prepa, reprobé toda la primaria y en la secundaria me pasó mi maestra porque estaba haciendo su tesis sobre mis problemas mentales. Llegué a sacar dos en matemáticas, en física y química igual; yo reprobé siempre, pero me pasaban porque se corría el rumor de que el “Indio” me iba a matar si no pasaba, y entre más me avanzaba menos entendía lo que sucedía en la escuela.

Al teatro me metí por rebelde, porque mi papá lo odiaba. Cuando salí de casa fui a hacer todo lo que le molestaba, pero después me atrapó y estuve haciendo teatro cerca de 15 años. Había un crítico de butaca 13 que decía: ‘En el teatro de Adela Fernández no hay género ni en las cortinas’, así que se pueden dar una idea de lo que hacía; eran monólogos aparentemente muy literarios pero yo los podía dirigir muy bien, otros no sabían qué hacer con tanta palabrería, pero al final me fue atrapando la literatura.

Yo hacía todo para que mi papá me admirara, entonces cuando se murió dejé de escribir, de trabajar y me di cuenta que todo lo que había hecho era para que mi papá me reconsiderara. Se fue y para mí se me acabó mi propia vida, entonces me enfoqué en cuidarle su casa por todo el amor que le tuvo, así pude con el dolor, pude sentir algo festivo en mi vida, sentirme bien.

LA ESCRITORA

Quien me lee no puede creer que yo viva tan feliz, que sea tan dinámica y bromista porque cuando escribo me gusta entrar en la melancolía, vista como enfermedad. Me interesa mucho la gente que sufre, la que no puede y no tiene las herramientas para decirlo; otro tema recurrente en mis textos son las personas que no pueden salir o no pueden vencer a sus padres, me asusta mucho la gente dominante.

En mis escritos hago collages por dos razones: Una porque me fue muy mal tratando de copiar la vida, terminé siendo como plagiaria; otra para disfrazar cuando me inquietaba la conducta de alguna de mis amistades: si era hombre lo hacía mujer, si vivía en el norte lo mandaba al sur y así comencé a usar metáforas para que no se identificaran las personas en las que me basaba.

En El vago espinazo de la noche, llevando cine de mí papá a un pueblo de Veracruz me quedé en un orfanatorio donde había un muchacho muy grande que le decían “Bobo”. Uno de los internos me dijo que se había ido perdiendo mentalmente durante los años, no llegó mal, se fue perdiendo. Esa mañana acababa de leer una noticia en el periódico de unos niños en Inglaterra que habían hecho un pacto suicida, a eso le sumé que en ese momento estaba buscando a Dios. En aquel entonces acababa de leer a Aldous Huxley (Las puertas de la percepción) y quería comer peyote y anda en esa búsqueda; uní esas tres cosas y así surgió el texto: Narro un suicidio colectivo en un internado, los otros se mueren en el viaje de mezcalina, éter y mezclas que hacen, “Bobo” es el único que sobrevive.

Por el momento estoy trabajando en dos libros, Los almuercitos del “Indio” Fernández que son recetas de lo que se comía y se come en esta casa. Mi papá antes hablaba y decía ‘vamos a tener un almuercito, háblenle al “pichón” y díganle que si me puede matar dos borregos porque vamos a ser como 300 personas’, esos eran “sus almuercitos”.

El otro es un diccionario de cocina, porque luego te encuentras con una palabra medio rara pero resulta que es salsa de tomate, sólo que está escrita en purépecha o en tarasco, es la misma salsa que se hace en Yucatán, cambia el nombre solamente y uno piensa que hay una gran variedad, pero sólo es el idioma.

También estoy rehaciendo la biografía de mi papá, cuando la escribí todavía estaba vivo, entonces la realicé de puntitas y con mucho temor, pero le gustó. Recuerdo que cuando la leyó llamó al mozo y le dijo: ‘¿Quién iba a pensar que estaba creando un testigo viviente?’. Voy a seguir la misma línea, mostrar la parte más humana, sensible y tierna que nadie conoce de mi padre: Sus miedos, sus repudios, demonios, soledades y la lucha terrible en la época en la que no le daban trabajo. En el libro yo no opino sobre él, repito todo lo que decía de sí mismo y cómo quería verse, por eso el libro se llama Vida y mito.

Hay una película que escribí para Irene Papas, la voy a convertir en novela con unas libertades sensacionales, nada más que se me metió otra novela donde saqué tantas cosas que está ilegible, es demasiado, por eso ahora la voy a pelar como pollo que va para caldo, para mí es un tesoro porque me reveló muchas emociones que desconocía.

martes, 8 de noviembre de 2011

Percepción musical

La música, en la más burda de sus definiciones, es el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo. Es la más burda por que no explica que también es una máquina de recuerdos, pastillas de pasado que se digieren por los oídos. Lo que tampoco nos dice es que no existe. Que es un arte Iterativo que ve su muerte en el clímax de un embrujo que nos atrapa el alma. Que nos muestra lo que el mundo no nos deja ver.


El arte de las musas (por su derivación etimológica proveniente del griego), es capaz de transportarnos a aquellos rincones del ayer que creíamos olvidados. Son capsulas de añoranza con un efecto inmediato sobre el hipocampo. Pasajes de nuestra vida congelados en análogos y rudimentarios platos de 45 o 33 RPM; o espectros encerrados en modernos códigos de ceros y unos.


La música no existe, es un fantasma que se nos muestra cuando las circunstancias son propicias, cuando el prestidigitador hace sonar las notas correctas. Es un ser invisible que, aunque puede ser plasmado en papel por rigurosos pentagramas y encerrado bajo claves (sea de sol o fa), sólo adquiere vida cuando es interpretado. Se le trae al mundo y antes que pueda recorrerlo a sus anchas se le da muerte y se le monta un sepulcro de aplausos, se entierra en la memoria y, sólo en casos especiales, hace germinar una flor.


A diferencia del cine, el teatro y la pintura, el arte sonoro no reproduce la realidad, aunque algunos se hayan montano en él para protestar en contra de las injusticias de su tiempo. Un violín no tiene un símil dentro de la naturaleza, el sonido del piano no se encuentra entremezclado con el croar de las ranas a media noche. No son pisadas de elefantes sino timbales de orquesta lo que hace retumbar los pechos de quienes asisten a los recitales de las filarmónicas.


Y mientras que la escultura, la fotografía y la danza se apoderan de las imágenes circundantes y las hacen arte, la música explora los rincones intangibles de las emociones humanas. Eso que difícilmente se plasma en un lienzo, lo hace sentir la música, las notas, los arpegios.