martes, 4 de abril de 2017

Textos sueltos (69)

Deja que se miren, se palpen y reconozcan. Deja que jueguen juntos a descubrirse uno al otro. Que sus salivas se toquen, choquen y estallen. La distancia ha sido mucha. La espera, desgastante. No lo frenes ni lo impidas. Sabías que un día se encontrarían y se harían pedazos. Sabíamos, quizá en lo más hondo de nosotros, que todas las veces que estuvieron con alguien más sólo los preparó para encontrarse hoy, húmedos y palpitantes, uno dentro del otro. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Táctica lúdica

Culminar una obra con lógica y armonía, bañada con sabiduría y curtida bajo las normas apropiadas, sin lugar a dudas fatiga al autor, lo agota, lo calcina.

Utilizar una táctica osada dificultaría dicha labor y podría trastornar al dramaturgo, lo lanzaría a un abismo oscuro y sin fondo, incluso lograría trastocarlo y así abandonaría la loca convicción con la cual inició la narración.

Montar sin pánico una vicisitud así haría claudicar a la mayoría, los haría huir y tiritar. Sólo un húsar capaz, bravo y osado lograría consumar dicha labor.

Con calma y tranquilidad, dicho húsar plantará y bañará con convicción un diminuto grano forrado con ilusión y optimismo hasta dar a luz un fruto lozano y único. Sólo así saldrá victorioso, sólo así aniquilará sus fallas, sólo así avanzará por insólitos caminos con más sabiduría.

Un autor nacido húsar surcará sin pavor un vasto mar tapizado con hojas blancas. Iniciará su labor sin apuro, calmo, frío. Soportará la vacilación y la duda, domará a las palabras y jamás otorgará a sus fantasmas una garra mayor a la suya.

Los dramaturgos arbolan una sola consigna: blandir la pluma para trastocar las almas y así cambiar al mundo poco a poco. Como hábil taumaturgo, da forma a mundos, vidas y criaturas fantásticas usando sólo sus palabras.

Domina lo arcano y lo profano, lo vulgar y lo divino. Al alma sumisa, la aviva; a la indómita, la apacigua.

Un húsar trabaja con ahínco, sin pausa, para forjar sílaba a sílaba, palabra por palabra, una obra inmortal.


¿Labor difícil? Sin duda, ¿complicada? muchísimo, quizá tanto o más como armar una columna sin utilizar la vocal e.

martes, 14 de febrero de 2017

Textos sueltos (7)

Hoy busqué aquel poema que te escribí a media noche, casi dormido y a obscuras, pero no lo encontré... quizá sólo fue una pesadilla...

miércoles, 28 de septiembre de 2016

No puedes regresar a casa*

Aunque te duela, aunque lo anheles con todas las fuerzas de tu alma, no puedes regresar a casa. El camino que iniciaste no tiene retorno, y aunque la vida te devuelva al punto de inicio, tú ya no serás el mismo, todo aquello que conociste habrá cambiado.

Los lugares que una vez amaste se irán diluyendo con el paso del tiempo y no volverán. Las personas que te amaron se quedarán abrazadas a tu recuerdo, pero aquellos momentos que las convirtieron en seres únicos se desgastarán.

No puedes regresar a casa porque su lugar será ocupado por una estructura increíblemente parecida al hogar en el que creciste. Tu cama ya no será tu cama, será un estrecho colchón para pasar la noche y tus libros se convertirán en un montón de retazos de papel que dieron vida a la precaria maquinaria de tus ideas.

Las palabras vertidas sobre el papel en noches de insomnio ahora serán sosas y ridículas. Quemarás la esperanza del amor idílico a fuego lento y lo avivarás a ratos arrojando trozos de recuerdos que compartiste con ella, hasta que las llamas de la racionalidad la consuman por completo.

Verás con tristeza que tus amigos ya nos aquellos con los que creciste, amaste, perdiste y ganaste. El sol calentará de forma diferente, la lluvia será fría y ruidosa. Tu viejo amor de la escuela caminará de la mano con su hijo, pero ya no pensarás que pudiste ser tú su padre. El sonido de las aves será como el de cualquier lugar. Ya no será más tu hogar.

Caminarás por la calle y verás a las personas que nunca dejaron el barrio y pensarás en todo lo que se han perdido. Andarás por la acera no con un sentimiento de superioridad, sino con un sincero agradecimiento, le darás gracias al destino por dejarte caer y soñar entre aquellos caminos de asfalto.


*Texto inspirado en You can't go home again, de Thomas Wolfe

martes, 15 de septiembre de 2015

Diario de un neurótico (Día 65):

Para conmemorar nuestro aniversario la azoté contra el sillón, le recordé lo insípida que era su comida y lo pésima que era en la cama. La tomé por el cabello, clavé mi rodilla en su vientre, luego mi codo en su arqueado espinazo. La giré para que mis ojos pudieran mancillaran los suyos; los contemplé pálidos y acuosos y no pude resistirme a estrellarle cinco bofetadas, una por cada año que habíamos pasado juntos… lo sé, soy un romántico.

sábado, 25 de enero de 2014

Un ejercicio que hicimos en lenguaje cinematográfico. todo lo escribí de corrido, por eso no está pulido ni nada

Un niño marcha por la calle de algún viejo y sucio barrio. Sólo lleva botas negras. El compás de sus manos es fuerte, alargado. No lleva camisa pero sí un sucio pantalón.
Aves negras y gigantes vuelan sobre el cielo azul y ennegrecen el horizonte.
Ve a lo lejos una flor, es hermosa, amarilla. Se acerca, la toca y la marchita. La faz del niño cambia y se ve a un cerdo de grandes colmillos que se ríe estrepitosamente.
Niños llegan a la calle y se ponen a jugar. El niño de las botas negras llega y rompe todo. Implanta sus ideas, sus juegos. Ahora todos llevan botas negras, nadie usa camisa, el caos crece, las flores mueren.
Centenares de aves negras cubren el cielo y la penumbra total llega.
Todo es obscuridad. Ceguera total. Una chispa crece lentamente, luce lejos y sutil. Ahora son dos. Con su brillo se ven 2 filas inmensas de colmillos. La luz de las chispas se tornan en un rojo fuerte, carmesí.
Se apagan.
La luz vuelve poco a poco, ahora todo luce en tonos grisáceos. Murmullos, cantos, destellos.
Un torero aparece en escena, con un traje azul vocifera cantos ininteligibles, una sierra cercena su cabeza y la voz se convierte en chorros de sangre.
Un ángel de alas negras juguetea con el agonizante torero, éste se desploma.
Un ángel blanco se acerca, ambos ángeles danzan tratando de conquistar el alma de aquél que ahora ha muerto.
hay empujones, una riña, se avalanchan sobre el cadáver.
Más destellos, confusión, todo es confuso. Ambos ángeles han arrancado considerables partes uno del otro.
Las garras del negro son firmes, mortales. Las del blanco son pequeñas pero con un gran poder.
Ambos, ya sin fuerzas, caen al suelo. El torero despierta, clama por un alivio para su dolor y desdice ir al lado obscuro.
Negrura... triste negrura...
Ahí está el niño de las botas negras de nuevo, ya ha crecido; luce fuerte y altivo.
Se mueve sobre el escenario, parece bailar, pero sólo trata de cautivar al espectador. Sus ojos, ahora rojos, dejan ver gran maldad.
Saca una máquina del suelo, la muestra al público. Ríe, codicia en sus ojos refleja. De la máquina salen ovejas, multitudes de ovejas. Las últimas más deformes que las primeras. Al final sólo sale carne molida, podredumbre.
Silencio...
Murciélagos cubren el lugar, revolotean, se devoran entre ellos...
Silencio...
Abre telón. Sobre una rueda de tractor un hombre rasga una vieja guitarra. Sus ojos está volteados, nada más que blancura los cubre. Pequeñas serpientes son las cuerdas, un pequeño pie de niño la guitarra.
La lluvia disuelve todo, alacranes cubren el suelo. Sus ojos negros y sus colas alertas aterran a todos.
Una mano comienza a romper la página donde todo lo anterior estaba dibujado.
Manos comienzan a rasgar el lienzo, sus dedos ensangrentados y vestigios de uñas lo mojan.
El niño de las botas negras ahora es un adulto de edad madura. Lleva una camisa negra y un pantalón de acuerdo con sus botas.
A paso mal trecho se muestra airoso.

miércoles, 10 de julio de 2013

Catoptrofobia

Nunca me he caracterizado por la magnificencia de mis letras, ni mucho menos por la fluidez de mis palabras. Pero creo necesario recurrir al arte que mis padres no me heredaron para que mi discurso no sea tomado como simple delirio, como yerma narrativa o como una insolencia mental. Mi historia, más que todas las historias del mundo, es real.

Mi vida nunca ha girado alrededor de mucha gente. Prefiero la soledad de mis ideas y libros, a la áspera compañía de aquellos personajes que se hacen llamar a sí mismos familia. Bajo esta premisa recorro las viejas bibliotecas en busca de algo que mengüe mis días de inmisericorde soledad.

Aquella tarde volví a casa con un par de reliquias que, por diversas circunstancias, no me había sido posible adquirir con anterioridad: “El crepúsculo de los ídolos”, de Friedrich Nietzsche, y “La filosofía del tocador”, del Marqués de Sade. Ambos, empastados con cuero, vomitaban (ya sea en alemán o en francés, respectivamente) verdades que el mundo se ha atrevido a llamar herejías. Acerque mi lánguida faz y pude respirar el suave aroma a vejez y a insurrección de aquellos libros que, ante la vista de cualquier coleccionista de buen renombre, me atrevería a decir que fueron una ganga.

Fuera de mi casa, el viento arrancaba con furia las hojas del sauce vecino, cuya sombra enflaquecía con la caída del sol. En la alfombra de la sala, la sombra enrojecida que se proyectaba a través de la ventana hacia lucir al torturado árbol como la zarza ardiente que se le mostro a Moisés en tiempos bíblicos. Irónicamente, iluminaba al mismo tiempo al carcomido libro del Marqués que estaba en la pequeña mesa de centro, y lo mostraba como una imagen símil de aquella zarza divina. Esbocé una risa burlona y me dije: -Moisés tuvo su Dios, yo tengo el mío-. Tome el texto, mi empolvado diccionario de francés y me postre en el sofá.

Con religiosidad fingida abrí el libro: “A los libertinos de cualquier edad y sexo, y de todas las aficiones, a ustedes dedico esta obra”; así reza la dedicatoria. Cada palabra y oración generaban un estupor dentro de mí. El mismo estupor que se produce cuando alguien pone fin a un paradigma largamente razonado, pero nunca resuelto.

Arrebatado por las líneas de mi nueva biblia, ignoraba a la noche que hace largo rato había apagado el sauce de la sala. Fue hasta la pagina treinta que mi cansada vista me reclamó la luminosidad que requiere para tan bello acto. Así que me levante y me dirigí al sótano por el candelabro. Atravesé el umbral de la sala y a tientas crucé el largo pasillo (que conecta a mi cuarto con la cocina y el sótano), basándome en la fría superficie del espejo que adornaba el solitario corredor, y cuyo lado está libre de obstáculo alguno. Ya librado el laberinto ciego, me hundí en las escaleras. Forzando a la memoria y a mi agilidad, di con mi objetivo. Saqué unos fósforos del bolsillo de mi saco, encendí las velas y emprendí el viaje de vuelta a mi altar profano.

Queda claro que hasta este punto de mi relato no se ha hablado de otra cosa más que de circunstancias superfluas. Pero siempre he tenido la fiel convicción de que una historia sin contexto pierde totalmente el significado primero y esencial. Y de antemano les he dicho que el arte narrativo es algo que de ninguna manera pretendo alcanzar. Este escrito es, más que una historia, un exorcismo personal y mental. Nietzsche dijo alguna vez: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”. A mi parecer, a estas alturas ya no espero nada ni a nadie. Ni al Dios en quien nunca creí, ni a su antítesis que ronda hoy más que nunca nuestros pasos. Clarificadas las dudas, permítanme pues, terminar mi relato.

Las sombras garabateadas por las velas, danzaban amorfas por la pared y la escalera. Eran figuras grotescas que se escurrían por cada rincón del sótano con forme escalaba cada peldaño a mi regreso. Llegué al último escalón y mire al frente: En inmenso abismo se había convertido el angosto pasillo. Las paredes perdieron su estructura y las llamas que portaba en la mano hacían de aquella negrura un torbellino de claroscuros. Intenté ignorar el sentimiento primero que arañó mi espalda. Hace tanto que no sentía un miedo así. Nunca antes, en todas mis noches de lecturas sacrílegas, la obscuridad me pareció tan sombría.

Con la firme certeza de la nula existencia de una fuerza divina, y con esto una negación automática de su contraparte, di el primer paso. El piso de madera crujía como si llevara el peso de diez hombres a cuestas. Con forme avanzaba, las sombras se volvían más largas y atemorizantes. Me sentía como Alicia cayendo por el agujero del conejo.

De repente, un extraño cansancio llenó mi ser e impidió que continuara. Me percate de que estaba próximo a mí el gran espejo traído por mi abuelo de España. Con marco de oro y figuras góticas, fue confinado por treinta años al solitario sótano junto a otras baratijas familiares. Ahí se mantuvo cubierto por gruesas telas y una leyenda en hebreo que decía: “Los espejos son hielo que no se derrite: los que se derriten son los que se admiran en ellos”. Pero cuando llegué a aquella casona todo cambió: El cuadro de mi abuela fue reemplazado por este gigante de cristal con aire medieval.

Su marco a la luz de las velas era exquisito. El candelabro le daba un fulgor místico y resaltaban las viñetas pintadas en los extremos del cristal que apenas tocaban el recuadro. Aproximé mi dedo índice, y al tocar su superficie sentí algo raro: Su duro vidrio se palpaba suave, como si se tratara de una cubierta de piel con pequeñas grietas. Me acerqué un poco más para despejar mi perplejidad: Fue el segundo indicio. El destello de mis ojos, avivado por el fuego y reflejado en el cristal, me hiso retroceder. Era como si hubiera en ellos más vida que la que nunca tendré. De pie, frente al espejo, lo miraba petrificado, como buscando una respuesta inteligible a tan espantosa escena.

-¿Él me mira o yo lo miro?-, pensé. -¿Es acaso ese otro yo mismo? No lo parece. Mis entrañas palpitan de pavor; él, sin embargo, se muestra altivo y confiado, sus comisuras dejan ver una apenas perceptible sonrisa burlona.

El viento que seguía golpeando inmisericorde al viejo sauce vecino le arranco una rama que se estrelló en mi ventana. Una tormenta de papeles, hojas e incertidumbre golpeó la casa entera. Las llamas que guiaban mi vista se extinguieron súbitamente, pero no así se apagaron los chispeantes ojos que todavía seguían observándome. Bajé la vista (acto meramente guiado por la fuerza de la costumbre) para buscar los fósforos de mi saco. Los saqué y con desesperación intenté encender las velas. Lo logré. Miré al frente y el gran espejo estaba vacío. Un suave aliento me acarició el hombro. Sin voltear, de reojo, vi a aquel, al otro, de pié a mi lado. Me miró con sus chispeantes ojos, puso su mano en mi hombro y apagó la vela.